miércoles, 14 de septiembre de 2016

La izquierda sin norte

Artículo publicado en La República, domingo 11 de setiembre de 2016

Hasta hace muy poco, las izquierdas parecían estar a la ofensiva en el mundo. Después de la euforia neoliberal de las décadas de los años ochenta y noventa, la crisis del periodo 1997-2002 y luego la del 2007-2009 llamaron la atención sobre la vulnerabilidad de las economías a los excesos del capitalismo financiero, y sobre la necesidad de mayor regulación estatal.

En América Latina, desde la llegada al poder de Hugo Chávez en 1999, vivimos el llamado “giro a la izquierda”. En la mayoría de países de la región, organizaciones políticas de izquierda llegaron al poder o aumentaron significativamente sus votaciones. Así, tuvimos a Chávez y Maduro en Venezuela, a Morales en Bolivia, a Correa en Ecuador, a Ortega en Nicaragua, todos con retóricas bastante radicales; mientras que en Chile con los socialistas Lagos y Bachelet, en Argentina con los Kirchner, en Brasil con Lula y Rousseff, en Uruguay con Vásquez y Mujica, Paraguay con Lugo, El Salvador con Funes y Sánchez, Perú con Humala, tuvimos propuestas más moderadas. Y en México o Colombia las izquierdas no llegaron al poder, pero estuvieron cerca, o cuando menos aumentaron sus votaciones.

Dentro de esta “ola” hubo dos grandes tipos de izquierdas. La más radical cuestionó no solo al neoliberalismo, también al capitalismo: en Bolivia y Ecuador se habló del suma qamaña y del sumak kawsay (“buen vivir”), y en Venezuela de un modelo cooperativista como alternativas de desarrollo. También se cuestionó al régimen democrático-liberal: Correa por ejemplo dijo que la alternancia en el poder es una “tontería de la oligarquía”, y en general en Argentina, Bolivia y Venezuela se apeló a la noción de soberanía popular, encarnada en el líder, para pasar por encima de restricciones institucionales. Estas izquierdas mostraron rápidamente problemas: en lo económico se volvió en lo esencial al viejo modelo populista de control estatal de recursos naturales, y en lo político, las críticas a la democracia liberal encubrieron viejos caudillismo y hasta problemas de corrupción.

En la otra orilla izquierda, la izquierda revolucionaria había finalmente encontrado el camino de la socialdemocracia. Se asumieron plenamente las reglas del juego democrático, y no se trataba ya de acabar con el capitalismo, sino de controlar los excesos de los mercados. En Brasil, Uruguay y Chile, con gobiernos de izquierda, en democracia, hubo crecimiento económico, y reducción de la pobreza y de la desigualdad. Pero hoy vemos en Brasil que Rousseff acaba de ser destituída en medio de graves escándalos de corrupción que involucran directamente al PT, y en Chile, Bachelet tiene los niveles de aprobación ciudadana más bajos de los últimos quince años, pagando el precio de escándalos asociados a conflictos de interés y asociaciones indebidas entre poder político y financiamiento privado.

¿Qué hacer? Un sector hace una crítica a la izquierda desde la izquierda, denunciando la “traición” de Maduro, Correa o Morales (o Humala), planteando retomar el camino “original”, que ya tenía serias limitaciones. De otro lado, un camino interesante, pero todavía por construirse, es el apostar no solo por democracia y crecimiento con redistribución, sino también por incorporar una agenda de carácter “republicano”: revalorar el interés, el espacio y la ética pública, la transparencia y la participación, llamar la atención sobre el ejercicio de derechos, pero también en el cumplimiento de deberes. Se trata de una agenda cada vez más relevante para los ciudadanos, frente a la cual las izquierdas han tenido muy poco que decir, todavía.

La destitución de Rousseff

Artículo publicado en La República, domingo 4 de setiembre de 2016

En Brasil, el pasado miércoles la presidenta Dilma Rousseff fue destituída por el senado, por encontrársele responsabilidad política en el manejo de las cuentas fiscales, una operación que pretendía “maquillar” los niveles de déficit. Es claro que el Congreso decidió la destitución con una lógica política, y este fue el pretexto para consumarla. Se trata de una infracción administrativa, practicada por los presidentes anteriores y por la mayoría de gobernadores en ejercicio. No fue un golpe de Estado en sentido estricto porque los procedimientos fueron respetados en lo formal por el Congreso y avalados por la Corte Suprema de Justicia, pero es evidente que Rousseff es el chivo expiatorio que la oposición ofrece a la ciudadanía en medio de una de las crisis económicas más severas de la historia brasileña y de gravísimos escándalos de corrupción que afectan a todo el sistema político. Se trata de la desnaturalización de las reglas formales del régimen político como una salida ante el cambio en la composición de las alianzas en contextos de crisis. Esto ya ha pasado en nuestros países en los últimos años, en Ecuador o Paraguay, por ejemplo.

Desde los años de la presidencia de Cardoso, la construcción de coaliciones fue la solución al problema de tener un presidente sin mayoría en un Congreso fragmentado. Esto tenía por supuesto costos: cuotas partidarias en la designación de cargos públicos, afianzamiento de prácticas clientelísticas. Y esos costos fueron aumentando con el paso del tiempo. Durante el gobierno de Lula estalló el escándalo de un esquema de pagos mensuales de sobornos a un grupo de diputados para que aprueben las iniciativas legislativas gubernamentales. Es pertinente recordar que muchas de las inicitivas de este gobierno dieron a Brasil una gran prosperidad en el contexto del boom de los precios de nuestras materias primas, y que permitieron la implementación de políticas sociales que redujeron sustancialmente la pobreza. En tanto los escándalos no afectaron directamente el presidente, Lula continuó siendo popular y el Partido de los Trabajores logró la elección de Rousseff.

Pero los problemas siguieron: durante el gobierno de Rousseff estalló el escándalo que desnudó un esquema por el cual funcionarios de empresas públicas cobraban cupos a empresas privadas para ganar licitaciones y contratos; funcionarios que no solo obtenían beneficios personales, también eran parte de un esquema de financiación de sus partidos políticos y de sus redes clientelísticas. Estos esquemas dieron “viabilidad” a las coaliciones y permitieron que Rousseff lograra ser reelegida en 2014, estableciendo una continuidad de gobiernos del PT desde 2003. Pero la crisis internacional desde 2013 desnudó la vulnerabilidad de la política económica, y los escándalos de corrupción hicieron insostenible el esquema. Los opositores, marginados del poder por más de diez años, arrecieron sus críticas, y los aliados, sin mayores posibilidades de seguir obteniendo beneficios, se apartaron, dejando a la presidenta sola.

La situación actual es muy precaria, y lo que es peor, no se ven claras salidas en el futuro. ¿Significa que la construcción de coaliciones en contextos de fragmentación política fueron un error, o que intentar políticas redistributivas era una ilusión? En realidad, la respuesta que se necesita, que ojalá resulte estimulada por la misma gravedad de la crisis, es construir coaliciones sobre la base de programas, no prebendas, encaminadas a resolver las necesidades de la ciudadanía, no engordar los bolsillos de funcionarios y empresas mercantilistas.

Caminos inesperados

Artículo publicado en La República, domingo 28 de agosto de 2016

El gobierno del presidente Kuczynski cumple su primer mes, y algunos patrones parecen irse perfilando. Todo por supuesto es muy inicial y tentativo, pero conviene advertir problemas que pueden agravarse y registrar potencialidades que todavía no concitan la atención que merecerían.

La gestión de Kuczynski podría seguir un camino inesperado, como suele ocurrir en nuestro país. En los últimos años, ni Toledo resultó tan “institucionalista” como se esperaba, ni García tan populista o Humala tan de izquierda como se temía. En el camino intentaron labrar, con variado éxito, una nueva identidad. El atractivo de Toledo no estaba destinado a ser el del solemne presidente republicano, sino el de presentarse como el accesible hombre común; García no repitió al exaltado populista de su primer gobierno, e intentó presentarse como poco más que un eficiente constructor de obras; Humala dejó el “polo rojo”, y terminó siendo involuntariamente algo así como el impulsor de la institucionalidad social del Estado.

Por sus antecedentes, Kuczynski se anunciaba como un candidato claramente proempresarial; su eventual presidencia parecía encaminaba a “destrabar” inversiones, mejorar el clima de negocios. Se percibía con la experiencia, contactos, relaciones, necesarias para ello. Sin embargo, el enfrentamiento con el fujimorismo, con sus antecedentes autoritarios en lo político y su discurso populista en lo social, lo acercó a una orilla institucional y lo alejó un poco de su perfil empresarial. Y el tecnócrata con manejo y experiencia terminó apareciendo como el político con mejor buena estrella de los últimos tiempos, que llegó a la presidencia gracias a una sucesión de accidentes, antes que fruto de una cuidadosa planificación.

Una vez electo, la constatación de la rigidez de las restricciones presupuestales que enfrenta, los efectos de un entorno internacional desfavorable, la extrema cautela del sector privado, parecen determinar que, cuando menos en los primeros años, el nuevo presidente no podrá legitimarse por las buenas cifras macroeconómicas. E inesperadamente, en las primeras semanas de gobierno, los gestos más prometedores y que más entusiasmo despiertan provienen de ministros, o más precisamente ministras, convocadas en las semanas previas a la juramentación del 28 de julio: la lucha contra la violencia y la discriminación en contra de las mujeres, en el Ministerio de la Mujer; el derecho de estas al acceso público a la píldora del día siguiente en el Ministerio de Salud; el impulso a las procuradurías de Estado, la política de registro de personas desaparecidas en el Ministerio de Justicia, por ejemplo. Este podría terminar siendo un gobierno liberal, sí, pero no tanto por su connotación económica, sino por su impulso a la reivindicación de derechos ciudadanos básicos. Las ministras “respondonas” podrían ser una inesperada fuente de legitimidad y activos políticos fundamentales para el gobierno.

También creo que de manera inesperada, han aparecido fuentes potenciales de problemas y conflictos que conviene atender. El propio presidente ha incurrido en inesperados gazapos que por el momento han sido tomados con paciencia, pero que rápidamente pueden crear irritación y ser fuente de cuestionamientos más serios. Y ministros clave para el éxito del gobierno, como el de Interior, de quien se esperaba mostrara sensibilidad política para manejar las expectativas ciudadanas y saber elegir qué batallas vale la pena librar, ha salido innecesariamente magullado con la investigación sobre la existencia de un presunto “escuadrón de la muerte” en la policía.

Performance y emociones

Artículo publicado en La República, domingo 21 de agosto de 2016

Durante las más de veintiuna horas que duró el debate para que el presidente del Consejo de Ministros obtenga la confianza del Congreso, asistimos a una escenificación bastante significativa. Todas las bancadas tuvieron ocasión para expresarse, mostrar preocupación, señalar vacíos en el discurso de Fernando Zavala. Tanto Fuerza Popular como el Frente Amplio, las bancadas más grandes, debían presentarse con un perfil opositor: el fujimorismo debía expresar molestia por la posible “continuidad” con un desprestigiado humalismo, y la izquierda por la continuidad del modelo neoliberal. Pero al mismo tiempo, ninguno de los dos podía mostrarse como “obstruccionista” frente a un gobierno que recién empieza. Los congresistas de los diferentes departamentos intervinieron para presentar la agenda de sus regiones, por ello intervinieron en el debate 118 parlamentarios. Del lado del gobierno, el desempeño fue prolijo: el presidente Kuczynski con el Fernando Zavala armaron un gabinete cuya mejor y única defensa descansa en sus competencias profesionales y técnicas, en ampararse en el predominio del sentido común de centro derecha que vive el país desde la década de los años noventa. Zavala encarna muy bien ese espíritu conciliador: saludó a todos, escuchó a todos, respondió a todos. Marcó la necesidad de mantener una continuidad en la que todos han colaborado (Fujimori, Paniagua, Toledo, García, Humala), y llamó a la cooperación. Al final el resultado fue muy bueno para todos: 121 votos a favor, práctica unanimidad, cuando hace unas semanas algunos especulaban con escenarios catastrofistas de censuras ministeriales y de amenazas de cierre del Congreso. El gobierno fortalecido, la oposición satisfecha, el ejecutivo respaldado, el Congreso ejerciendo sus labores de control.

Alguno podría replicar que todo esto no ha sido más que una pérdida de tiempo, porque que la confianza se iba a otorgar de todos modos. Este comentario pierde de vista la importancia de los ritos y de las formalidades en la política, y su función catárquica. En la última campaña electoral se le reclamó a Alfredo Barnechea no comer chicharrón a pesar de no querer hacerlo, como una falta política inexcusable; manteniendo las proporciones, podría decirse que acá no se trató de empujarse un chicharrón, si no de engullirse con elegancia algunos sapos. Y atención que errores coreográficos pueden acabar con el guión, la intervención de algún cabeza caliente podría haber llevado a una votación más ajustada o a poner riesgo la confianza. En esta línea, las disculpas del ministro Basombrío y la aceptación de las mismas por la congresista Alcorta por incidentes ocurridos durante la campaña electoral son un buen ejemplo.

Por supuesto, el partido de cinco años recién empieza, pero al menos ha empezado bien. Confiamos en que este espíritu de colaboración alcance para la aprobación de la ley de presupuesto y el otorgamiento de facultades legislativas delegadas por el parlamento al ejecutivo en las próximas semanas. Por el momento, el riesgo de una confrontación extrema entre ejecutivo y legislativo parece controlado. También, aunque esto no está siendo resaltado suficientemente, el de potenciales conflictos con los gobiernos regionales, mediante pacientes negociaciones de obras y asignaciones presupuestales. Por ahora, la impaciencia o enojo de la calle se insinúa como el desafío principal para este gobierno, de cabeza fría y pericia tecnocrática, pero sin cuerpo, presencia y operadores en el terreno, en todo el territorio. Allí podrían estarse incubando las crisis futuras.

Fujimorismo al garete

Artículo publicado en La Repúbica, domingo 14 de agosto de 2016

Keiko Fujimori habría llegado a la conclusión, correcta a mi entender, de que perdió la elección de 2011 porque “la mochila” de la imagen de su padre, si bien era la base de su sustento, era también su límite. Esa elección se perdió por declaraciones de excolaboradores de su padre, intentando justificar algunas de las tropelías ocurridas en la década de los años noventa.

Inició entonces la construcción de un nuevo partido, Fuerza Popular, con bases distintas al simple agrupamiento de las organizaciones anteriores, bajo su conducción personal, buscando liderazgos “emergentes”, no provenientes de los noventa. Se formó un nuevo núcleo dirigencial, muy cercano a la lideresa. Más adelante, esto se confirmó con un cambio discursivo: más moderno, más tolerante, más convocante, marcando distancia con los “errores” del pasado (y con la injerencia de Alberto en las decisiones políticas).

La perspectiva del éxito electoral era el cemento que mantenía unida esa estrategia. Ella le permitió a K. Fujimori incluso poner a un lado a líderes “históricos” del peso de Martha Chávez, abiertamente en contra del pedido expreso y público de su padre. En la primera vuelta de 2016 Fuerza Popular logró 39.87% de los votos (frente al 23.57 de Fuerza 2011), y colocó 73 parlamentarios, frente a los 37 de cinco años atrás. Los resultados parecían legitimar ampliamente la nueva apuesta.

Sin embargo, la elección se perdió nuevamente, a mi juicio como consecuencia de dudas, incongruencias y errores en la segunda vuelta. En esta campaña K. Fujimori regresionó a posiciones más duras y conservadoras, lo que avivó el antifujimorismo (involución que se mantiene hasta ahora, con una injustificable intransigencia y malos modales ante el nuevo gobierno). A pesar de ello, apenas días antes de la elección las encuestas todavía ponían por delante a Fuerza Popular; nuevamente, errores clamorosos en la recta final cambiaron el resultado. El asunto es que esos errores fueron ahora responsabilidad del “renovado” entorno cercano: Ramírez, Chlimper, Figari. Llegó entonces el momento de la revancha: la elección se habría perdido por pretender “desalbertizar” el fujimorismo, o por la soberbia de los recién llegados. En todo caso, aquellos relegados o silenciados por el intento de reconversión recobraron protagonismo. La histórica Luz Salgado es la presidenta del Congreso, Martha Chávez y Luisa María Cuculiza vuelven al parlamento como asesoras, y pese a que el vocero de la bancada de Fuerza Popular es el recién llegado Luis Galarreta, mucho más protagonismo terminan teniendo personajes como Cecilia Chacón, Carlos Tubino o Héctor Becerril. El desafío al liderazgo de Keiko llegó incluso a plantear una movilización y pedido de indulto para su padre, movida encaminada directamente a debilitar aún más su liderazgo.

¿Qué pasará con el fujimorismo? El liderazgo de Keiko se mantiene porque no existe ninguna alternativa creíble, y porque todavía está la perspectiva razonable dentro de sus filas tanto de un buen desempeño en las elecciones regionales y municipales de 2018, como de un triunfo en 2021. Sin embargo, su margen de maniobra está ahora bastante acotado por una constelación muy heterogénea de intereses. Y en cuanto a la estrategia, la nave parece ir al garete, siguiendo la inercia de la lógica de confrontación de segunda vuelta. Parece que se apostara solamente a esperar el desgaste del gobierno y a no dejarle el liderazgo de la oposición al Frente Amplio. Se refuerzan así las inclinaciones al populismo antisistema más ramplón. La lógica de la renovación parece ahora enterrada.

¿Technocratic dream team?

Artículo publicado en La República, domingo 7 de agosto de 2016

Empezaron los nombramientos de funcionarios en las diferentes áreas del poder ejecutivo del gobierno del presidente Kuczynski, y podríamos decir que se está armando una suerte de dream team tecnocrático. Es decir, en una proporción notoriamente mayor que en los gobiernos anteriores, el criterio de selección parece estar regido por el principio de buscar “la mejor persona” para el cargo, basado en sus competencias técnico-profesionales, en el prestigio que cuenta entre sus pares; dentro por supuesto de los márgenes de la necesaria confianza política y relativa coherencia que impone un gobierno como el Kuczynski.

Buscar a la “mejor persona” parecería un criterio muy natural, pero no lo es: al designar a los funcionarios, por lo general los gobernantes privilegian criterios políticos, en el sentido de nombrar personas ya sea para fortalecer sus propios partidos y cuadros, o para construir coaliciones, compartiendo el poder con aliados en aras de la gobernabilidad. Cada apuesta tiene riesgos: la excelencia tecnocrática genera mejores buenas ideas, pero sin respaldo o sostén político ellas resultan inviables. Y la lógica política-coalicional fortalece las capacidades de negociación, pero también puede generar clientelismo, ineficacia y hasta corrupción.

En 1994 la politóloga estadounidense Barbara Geddes publicó un libro, “El dilema del político” (Politician’s Dilemma. Building State Capacity in Latin America), en el que señalaba que los políticos enfrentaban un trade-off entre disponer del aparato público para prácticas de patronazgo y clientelismo buscando construir legitimidad política, o seguir lógicas meritocráticas para lograr mayor eficiencia en las políticas públicas. Y apuntaba a que acaso gobiernos con partidos grandes o coaliciones muy amplias privilegiarían lo primero, mientras que partidos más personalistas y débiles privilegiarían lo segundo. En el Perú, el debilitamiento de los partidos políticos desde la década de los años noventa ha hecho que cada vez más los cargos públicos recaigan en expertos independientes, antes que en cuadros partidarios. En más de una ocasión he llamado la atención sobre cómo esto explica la paradoja del crecimiento económico con reducción de pobreza de los últimos años, a pesar de nuestra extrema debilidad política e institucional.

Esta tendencia se ve con mucha mayor claridad en el gobierno de Kuczynski. En la medida en que el partido Peruano por el Kambio es prácticamente inexistente, no hay prácticamente presiones para acceder al aparato público, con lo que una lógica tecnocrática y meritocrática de nombramientos se abre paso casi sin resistencias. Ya sea ha dicho que el gran desafío que tiene este gobierno, esencialmente de tecnócratas independientes, es construir los acuerdos políticos y los consensos y la legitimidad social necesaria para llevar adelante sus propuestas. Es decir, hacer política. Pero para el gobierno de Kuczynski optar por un gabinete político prácticamente no era una opción, porque la construcción de acuerdos políticos pasa necesariamente por lograr una relación de cooperación mínima con el fujimorismo, antes que por construir coaliciones amplias. La única manera de gestar esa cooperación es legitimando socialmente las iniciativas de política, para hacer políticamente costoso al fujimorismo oponerse a las mismas. Prueba de fuego para la capacidad de persuación, argumentación, comunicación del gobierno en general y de los ministros en particular. Hacer de la necesidad virtud podría ser el refrán de este gobierno. ¿Se podrá?

lunes, 29 de agosto de 2016

Juan Gabriel (1950-2016) y Rocío Dúrcal (1944-2006)


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Habiendo vivido varios años en México durante la década de los años noventa, no puedo dejar de sentirme tocado por la muerte de Juan Gabriel. En esos años todavía funcionaba la sociedad con la incomparable Rocío Dúrcal. Varios han recordado muchas de las canciones que compuso y grabó Juan Gabriel, pero creo que algunas de ellas sonaron mejor en voz de Rocío. Su voz e interpretación le hicieron más justicia a su genio. De las muchas que se podrían mencionar, recuerdo especialmente "La diferencia". El video de arriba es del célebre concierto de Rocío en el Auditorio Nacional en ciudad de México, de 1991.



Y esta es una versión del propio Juan Gabriel.

Para terminar, dos hermosos duetos de ambos, lástima no tenerlos más. "Fue un placer conocerte", y "Tarde", otras dos grandes canciones de Juan Gabriel, del mismo concierto de Rocío en el Auditorio Nacional. Saludos.




lunes, 1 de agosto de 2016

Violencia de género

Artículo publicado en La República, domingo 31 de julio de 2016

Se ha convocado para el próximo sábado 13 de agosto a una marcha nacional en rechazo a la violencia y la discriminación contra las mujeres, siguiendo una ola reivindicativa iniciada en Argentina el año pasado, seguida también en países como Uruguay, Chile y México. Según datos de la CEPAL, cuando menos 1678 mujeres fueron asesinadas en 2014 por razones de género en América Latina: los países con más casos de feminicidio fueron Honduras, Argentina, Guatemala, República Dominicana, El Salvador, Ecuador y luego, lamentablemente, nuestro país. Si miramos el número de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en los últimos años, Perú aparece en los primeros lugares, detrás de Colombia, Argentina y República Dominicana. Lamentablemente, en nuestro país sobran las razones para sumarse a esta movilización.

El desencadenante de la violencia de género sería el que para algunos varones resulte “inaceptable” que las mujeres no se ajusten a las conductas que ellos esperan de ellas: así, según criterios patriarcales tradicionales, considerados “naturales”, las mujeres deberían ser recatadas y sumisas en su trato con los varones; fieles y obedientes con sus parejas; y laboriosas al cumplir lo que sería su función principal, el cuidado del hogar, de los hijos. Al mismo tiempo que, en el espacio público, se asigna a las mujeres el papel de adorno y fuente de provocación erótica. Debería ser evidente a estas alturas del siglo XXI que basta mirar la historia de la humanidad y comparar diferentes culturas para constatar que esos patrones no son en absoluto “naturales” y que condenan a las mujeres a una situación de subordinación inaceptable.

Llaman por ello la atención las declaraciones del cadenal Cipriani, quien en su homilía durante la misa de 28 de julio rechazó las campañas que pretenderían imponer “la llamada ideología de género”, calificándolas de “no humanas” (¡!). Los estudios de género, que el cardenal pretende descalificar llamándolos “ideología”, cuestionan precisamente la “naturalización” de los roles de género, paso necesario para propugnar relaciones igualitarias. A propósito, cuestionar el supuesto carácter “natural” de las identidades en las personas es también un paso necesario para combatir los crímenes de odio en general, que imponen estereotipos perniciosos a grupos étnicos y raciales, religiosos, y a personas de orientaciones sexuales diversas, desde las cuales se catalogan como “correctos” y “superiores” ciertos patrones, y se descalifican a otros como “anormales”, “desviados”, y hasta peligrosos, con lo que se abren las puertas a la intolerancia y la violencia.

Acaso la iglesia católica debería examinar a su interior de qué manera reproduce y consagra discriminaciones de género, como por ejemplo la exclusión de las mujeres del sacerdocio, por mencionar solo alguna, que tiene sus orígenes remotos en los primeros siglos de la era cristiana, pero que no tienen sentido hoy. O cómo no deslinda con suficiente claridad con prácticas como la pedofilia o el hostigamiento sexual a feligreses, otras formas de violencia.

Una última idea: las estadísticas referidas a la violencia de género muestran un patrón en el que los victimarios suelen ser parte del entorno cercano de las víctimas. Los victimarios, en suma, suelen ser nuestros parientes, amigos, conocidos. Muchas veces, personas que en otros ámbitos de sus vidas pasan por “buenos ciudadanos”. Gran parte de la lucha en contra de la violencia de género y la discriminación nos exige posturas más firmes respecto a lo que ocurre en nuestro entorno más inmediato. Tarea para todos.

La aprobación de Humala

Artículo publicado en La República, domingo 24 de julio de 2016

El presidente Humala termina su gobierno con apenas un 25% de encuestados que aprueba su gestión, mientras que los presidentes García y Toledo terminaron con 42 y 33% de aprobación, respectivamente. Si miramos las curvas de aprobación de estos dos últimos a lo largo de sus cinco años de gobierno, veremos patrones similares: caídas rápidas en el primer año, continuación del declive, aunque a un ritmo menor en el segundo, un tercer año muy complicado con los niveles de aprobación más bajos, una ligera recuperación en el cuarto año, y una subida importante en el último. Toledo empezó con casi 60% de aprobación, cayó hasta 8% en el tercer año, pero terminó con 33. García empezó un poco mejor que Toledo, su punto más bajo fue el “baguazo” en junio de 2009, que lo hizo bajar a 21, pero terminó con 42. Humala, por su lado, cayó ligeramente en el primer año, pero cayó fuertemente en el segundo; al igual que en los dos gobiernos anteriores se mantuvo en un nivel bajo en el tercer año; pero a diferencia de ellos, en el cuarto no remontó, y en el último año lo hizo, pero muy modestamente.

Viendo el contexto general, no es sorprendente que García haya terminado mejor que Toledo: el crecimiento económico resultado del boom en los precios de nuestras exportaciones de minerales se afianzó en el gobierno anterior, y el manejo político de las crisis fue un poco mejor por parte de un político más experimentado como García y con un partido más organizado, como el APRA. Viendo el gobierno de Humala, incluso hasta su terrible tercer año, parecía que tendría un mejor desempeño que el de García en cuanto a aprobación ciudadana. Humala se beneficiaba todavía de altas tasas de crecimiento, pudo hacer de la inclusión el centro de su discurso, contó con mayores recursos fiscales para implementar políticas sociales. Hasta inicios del cuarto año de gobierno la aprobación de Humala todavía era superior a la de García y a la de Toledo en el mismo momento de sus gestiones.

La gran diferencia es que Humala no pudo tener una recuperación importante en el último año de gobierno. Al final del periodo presidencial, cuando la atención está puesta en la competencia entre los aspirantes a la sucesión, suele ocurrir que el que se va no nos parece tan malo, porque los candidatos en disputa no logran ilusionarnos demasiado. En el caso de Toledo, el escenario de la contienda entre García y Humala de 2006, lo favoreció significativamente; también a García la segunda vuelta entre Humala y K. Fujimori de 2011, y además García se las ingenió para terminar su gestión con una ola de inauguraciones de obras bastante ostentosa.

¿Qué pasó con Humala? En parte, no logró remontar por dos razones principales, a mi entender. Primero, está el papel de la primera dama. Durante los primeros dos años de gobierno, Nadine Heredia era percibida como un activo valioso para el presidente, al punto que surgió el fantasma de la candidatura presidencial de Heredia. Después, sin embargo, empezó a convertirse en un pasivo, fruto de la “excesiva” injerencia en las decisiones de gobierno y el pésimo manejo del asunto de sus agendas extraviadas. Segundo, los logros principales de la segunda mitad del gobierno fueron resultado de una agenda de reformas tecnocráticas que el presidente no sintió verdaderamente como suyas: la reforma educativa, la diversificación productiva, la institucionalización de la política social, las bases de la construcción de un servicio civil en el Estado, entre otras. Al final, los logros no pudieron ser reivindicados creíblemente por el presidente, ni percibidos por la población.

martes, 26 de julio de 2016

Incertidumbres y distancias


Incertidumbres y distancias. El controvertido protagonismo del Estado en el Perú (Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2016), de reciente aparición, es el último libro editado por Romeo Grompone, donde tengo un capítulo coescrito con Paolo Sosa, "¿Se puede escapar de la «trampa» estructural y de la «larga duración»? Reforma institucional y capacidad estatal en América Latina", que espero sea de interés.

El resumen de nuestro trabajo, que al final no fue incluido por el editor en el libro, dice así:

"En este texto exploramos las razones que explican las diferencias en cuanto al nivel de capacidad estatal de los países de América Latina. Si bien parte de las mismas se explican por causas estructurales (nivel de desarrollo económico) y por razones de “larga duración” (consecuencia de coyunturas críticas ocurridas en el momento de constitución de las repúblicas en el siglo XIX o en las primeras décadas del siglo XX), otra parte importante se explica por factores políticos, por la habilidad de las elites para aprovechar coyunturas favorables o ventanas de oportunidad para implementar reformas y luego gestar consensos que permitan que las mismas puedan mantenerse en el tiempo y seguir luego una lógica de mejoras graduales. Así, los países de América Latina muestran un conjunto muy variado de situaciones, relativamente dinámicas a lo largo del tiempo, que sugieren que sí sería posible escapar de la “trampa” estructural y de la “larga duración”. Para ello las elites deben ser capaces de actuar cooperativamente, privilegiando sus intereses colectivos de largo plazo. Terminamos explorando la posibilidad de que en Perú se pueda avanzar en mejorar la precaria capacidad estatal siguiendo un modelo de reformas “saliendo del paso”.

De la contratapa del libro:

"La formación de los Estados en América Latina, las diversas trayectorias de su consolidación y el despliegue de sus instituciones, con sus avances y entrampamientos, están suscitando una creciente atención política y académica. Ello ha conducido a la producción de nuevas interpretaciones y discusiones planteadas desde la historia, la sociología, la antropología y la ciencia política, en un contexto de pluralismo de los puntos de vista que se asumen. Estos aportes ayudan a entender al Estado como institución, recogen críticamente trabajos anteriores, ubican la historia de la formación de nuestras repúblicas, la constitución de órdenes políticos, sociales y jurídicos, la influencia actual de grupos que surgen desde la sociedad, la relación con partidos y movimientos y las diferentes alternativas en la definición de políticas sociales. El Instituto de Estudios Peruanos y la Universidad Antonio Ruiz de Montoya promovieron, en noviembre de 2014, un seminario interdisciplinario para reflexionar sobre el Estado como institución en América Latina y el Perú, con la participación de expertos nacionales y extranjeros. Este libro contiene los artículos presentados, con nuevas reflexiones de los autores surgidas después del encuentro".

El índice:

Presentación

PARTE 1. Orden y conflicto. El Estado en la teoría y la historia peruana

1. El Estado como institución afirmada y desbordada por la sociedad,
Romeo Grompone
2. La guerra que no cesa: guerras civiles, imaginario nacional y la formación del Estado en el Perú,
Cecilia Méndez
3. Saberes, ciencias y política en la formación del Estado en el Perú decimonónico,
Núria Sala i Vila

PARTE 2. Más allá de los límites: los grupos que asedian a la política estatal

4. Capacidad estatal y fuerzas sociales: explorando una relación compleja,
Eduardo Dargent y Madai Urteaga Quispe
5. El poder compartido. Perú: régimen político y entorno,
Santiago Pedraglio
6. La permeabilidad institucional para el lavado de activos: las economías ilegales y la violencia del crimen organizado en el Perú (un estudio exploratorio),
Jaris Mujica y Melina Galdós


PARTE 3. La cuestionada incidencia de partidos y movimientos en las instituciones de gobierno

7. Estado, clientelismo y partidos políticos. Una perspectiva comparada,
Paula Muñoz
8. ¿Se puede escapar de la «trampa» estructural y de la «larga duración»? Reforma institucional y capacidad estatal en América Latina,
Martín Tanaka y Paolo Sosa Villagarcia
9. Autorrepresentación y desacuerdo: Estado y conflictividad social en el Perú,
Carmen Ilizarbe Pizarro

PARTE 4. El alcance y los dilemas de las políticas sociales

10. Los regímenes de bienestar en el ocaso de la modernización conservadora: posibilidades y límites de la ciudadanía social en América Latina,
Fernando Filgueira
11. Reconfiguraciones entre Estado y ciudadanía. Imaginarios de éxito y nuevas políticas sociales,
Ricardo Cuenca
12. La política social en el Perú: entre la focalización y los servicios universales,
María Isabel Remy Simatovic
13. Funcionarios y políticos: postales cotidianas desde la acción pública,
Adriana Urrutia

Sobre los autores

domingo, 17 de julio de 2016

Estas son las alineaciones

Artículo publicado en La República, domingo 17 de julio de 2016

Minutos antes de que empiece un partido de fútbol, los directores técnicos de los equipos nos informan de las alineaciones. Ellas nos permiten entrever cuál será el planteamiento que cada equipo intentará plasmar sobre la cancha, si buscarán ser más ofensivos o defensivos, hasta qué punto buscarán imponer la dinámica del juego, o si por el contrario tomarán decisiones en función a lo que el rival decida.

Para presidir el Consejo de Ministros el Presidente electo Kuczynski ha optado por alguien cercano, en quien pueda delegar y confiar plenamente. Y han propuesto un equipo buscando básicamente la competencia técnica y profesional, el conocimiento de los sectores, de allí que sea mayoritariamente independiente; si con alguna experiencia política, mejor. En conjunto muestran la voluntad de formar un equipo competente, y en sintonía con el presidente. Ilustra asimismo, pero eso ya lo sabíamos, las limitaciones de Peruanos por el Kambio como partido, pero también la voluntad de tomar decisiones de manera autónoma, por encima de las presiones tanto del fujimorismo como desde la izquierda. La idea sería suplir la debilidad partidaria, la pequeña representación congresal con la competencia técnica, con la legitimidad que sean capaces de despertar las iniciativas sectoriales. Dadas las condiciones que enfrenta el presidente electo (en particular la mayoría fujimorista en el Congreso), no parecía haber mucho margen para algo muy diferente, y si bien cada quien podría haber preferido algunos nombres diferentes en algunas carteras, en términos generales la selección parece apropiada para el tipo de dinámica que parece querer el presidente.

Al frente está el equipo del fujimorismo. La cancha está claramente demarcada: de un lado los fujimoristas no han querido mostrar ninguna cercanía con el ejecutivo, y del otro la bancada oficialista ha declinado ser parte de una mesa directiva multipartidaria en el Congreso. El fujimorismo también ha mostrado su alineación: Salgado como presidenta del Congreso, Galarreta como vocero principal, Salaverry y Alcorta como alternos. Para la presidencia una figura con experiencia y buen manejo político, que si bien es de la “vieja guardia” ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, y tres personajes del keikismo, recién reclutados en la última campaña. De un lado han anunciado la voluntad de conformar una mesa directiva multipartidaria (de la que se habrían “autoexcluído” PPK y el Frente Amplio), en una señal de amplitud desde lo institucional, y del otro han respondido críticamente en lo político objetando a algunos de los ministros anunciados, así como mostrando reparos a un eventual pedido de facultades legislativas delegadas. El planteamiento es entonces mostrar distancia, dureza, reclamarse como fuerza de oposición (frente al gobierno y sus “aliados” de izquierda), reivindicar su propio programa, pero al mismo sin cerrar las puertas al diálogo y la concertación. Pero todo esto es más una estrategia, porque en cuanto a los contenidos de las políticas, las diferencias no son tan grandes.

Viendo las alineaciones, creo que se puede esperar un buen partido: controles cruzados y equilibrio de poderes, pero sin amenazar la gobernabilidad democrática, y eventualmente la implementación de algunas de las reformas y cambios que el país necesita. Pero claro, una cosa son las alineaciones y otra muy diferente el partido: la dinámica del juego puede seguir caminos inesperados (se puede “calentar” de pronto y algunos jugadores pueden hacerse expulsar tontamente), y hasta la presión de las tribunas puede terminar siendo determinante.

Reglas y resultados

Artículo publicado en La República, domingo 10 de julio de 2016

A la luz de los últimos resultados electorales, en los que el fujimorismo logró mayoría absoluta en el Congreso, algunos evalúan la conveniencia de introducir cambios en las reglas electorales e institucionales que rigen el funcionamiento del régimen político. Se piensa sobre la conveniencia de un sistema de representación proporcional con “cifra repartidora” que hace que 36% de los votos congresales se transformen en 56% de los escaños, y se propone buscar fórmulas más “estrictamente proporcionales”. De otro lado, algunos analistas han insistido en la vieja crítica a nuestro régimen político híbrido, que ni es plenamente presidencialista (el Congreso puede destituir al presidente, aprueba la designación de los ministros y puede destituirlos) ni tampoco parlamentarista (el presidente electo con el voto popular es el jefe del gobierno y designa al Consejo de Ministros). En días recientes Sinesio López ha recordado estos asuntos y ha abogado por una reforma constitucional a través de una asamblea constituyente.

A diferencia de mi estimado colega, mi opinión es que la fórmula peruana no es necesariamente mala. Si bien es presidencialista, lo atenúa forzándolo a negociar con el Congreso. Si algún defecto tiene es que el Congreso parece tener demasiado poder: en un pugna con el ejecutivo, quien finalmente tiene la sartén por el mango es el Congreso, que puede censurar ministros individuales de manera ilimitada, sin dar excusa al ejecutivo para cerrar el Congreso y convocar a elecciones. En todo caso, parece mucho peor que el presidente pueda cerrar el Congreso y convocar inmediatamente a elecciones, que es lo que hicieron de alguna manera Fujimori, Chávez, Correa, Morales, para construir supermayorías y minar la democracia representativa.

Lo que a mí me llama la atención en este debate es cúan radicalmente parecen cambiar nuestras percepciones del papel de las reglas según cuán convenientes o no nos parecen los resultados, a la luz de nuestras preferencias particulares. Así, entre 1993 y 2000, muchos que ahora lamentan el gran poder del Congreso denunciaban que la Constitución de 1993 era “hiperpresidencialista”, y que estaba diseñada “a medida” para un gobierno autocrático. Y en esos años teníamos un Congreso electo en distrito único nacional, es decir, un sistema perfectamente proporcional, que es lo que parece reclamarse ahora, que era criticado entonces por centralista y autoritario. Caído el fujimorismo, la tarea democrática era fortalecer el parlamento y la representación regional: por ello instauramos distritos departamentales, a pesar de que iban en contra de la proporcionalidad (al tener circunscripciones más pequeñas). Lo paradójico es que ahora pareciera que algunos que antes proponían reformar la Constitución de 1993 por presidencialista y autoritaria, ¡ahora lo hacen por lamentar el poder excesivo al parlamento frente al ejecutivo! Digamos que una razonable crítica a la conducta del fujimorismo no debería arrastrar con ella al régimen político y al sistema electoral.

A mí me parece que la moraleja de esta historia es que el problema no está tanto ni en la Constitución de 1993 ni en la cifra repartidora, sino en el débil compromiso democrático de nuestros actores políticos, en la extrema volatilidad del voto, en la debilidad de nuestros partidos. Y en cuanto a la relación entre ejecutivo y parlamento, lo razonable es aceptar una realidad política que obliga a la búsqueda de consensos mínimos que permitan la gobernabilidad, antes que lamentar esos resultados y agarrárselas con las reglas que supuestamente dieron lugar a éstos.

Los nuevos incas

Artículo publicado en La República, domingo 3 de julio de 2016

Después de las últimas elecciones, han surgido muchas preguntas respecto al mundo rural del sur andino: ¿por qué la persistencia de un voto “contestatario” a pesar del crecimiento económico y de la reducción de la desigualdad, por lo menos en algunas dimensiones? ¿Qué mecanismos específicos son los que explican la dinámica de reducción de la pobreza? ¿Cómo se explica el respaldo que obtuvieron Julio Guzmán, la izquierda, el fujimorismo y PPK en diferentes momentos y en diferentes ámbitos de esa zona del país, dados sus perfiles tan diferentes?

Acaba de ser publicado un excelente libro que ayuda mucho a obtener respuestas a todas esas preguntas. Se trata de Los nuevos incas. La economía política del desarrollo rural andino en Quispicanchi (2000-2010), de Raúl H. Asensio (Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2016, 435 p.). Si bien el libro se centra en la provincia de Quispicanchi, la mirada de Asensio permite analizar las dinámicas y los cambios ocurridos en el mundo rural del sur andino a lo largo de un periodo de más de diez años, que ha configurado nuevas realidades que no terminamos de comprender. El libro recoge la larga experiencia de investigación del autor en ese territorio en diferentes ámbitos, de modo que el libro toca temas como la “densificación de presencia estatal en las zonas rurales, mejora de carreteras y telecomunicaciones, incremento de la cobertura de los servicios básicos, universalización de la educación primaria, políticas públicas orientadas por la demanda, participación ciudadana, democratización de la política local, crisis de los partidos políticos, conquista del espacio público por parte de los pobladores rurales, diversificación de actividades productivas, nuevos discursos de identidad colectiva basados en referentes étnico-culturales, viejas y nuevas nociones de comunidad campesina, etc.”.

El libro muestra cómo el crecimiento desatado por el boom del precio de las materias primas del periodo 2003-2012 abrió oportunidades que fueron aprovechadas por nuevos liderazgos sociales de origen campesino, formados en el marco de la presencia de la cooperación internacional y de diversas ONGs, y de políticas sociales y públicas de la década de los años noventa (FONCODES, PRONAMACHS y otros). Esta nueva generación de líderes, más articulados al mundo urbano, incluso llegaron al poder municipal en algunos distritos, en medio de la crisis y de la fragmentación política, y se beneficiaron del crecimiento de los presupuestos municipales y de un notable aumento de la presencia estatal a través de múltiples iniciativas.

Pero el nuevo dinamismo también tiene sus bemoles: el avance es precario, algunas comunidades no logran articularse a las nuevas dinámicas, la pobreza no solo persiste, sino que la que queda es mucho más difícil de atacar. Y se establecen nuevas dinámicas territoriales: algunas zonas prosperan, otras declinan (por ejemplo Urcos, la capital provincial, pierde relevancia frente a otros distritos), la heterogeneidad y desarticulación social aumentan, con lo que emergen tensiones y posibilidades de conflicto dentro del territorio. En este marco, cambiante y complejo, emergen nuevos proyectos políticos que construyen discursos que pretenden generar identidad y construir plataformas reivindicativas, en los que la recuperación de la etnicidad y componentes contestatarios tradicionales resultan funcionales.

Como lo he hecho siempre, recuerdo que trabajo en el Instituto de Estudios Peruanos y que tengo una relación de amistad con el autor. Pero creo sinceramente en los muchos méritos de este libro que recomiendo.

La palabra del tucán

Artículo publicado en La República, domingo 26 de junio de 2016

Apareció hace unas semanas La palabra del tucán. Conversaciones con Luis Bedoya Reyes (Lima, Planeta, 2016) de Harold Forsyth, con prólogo de Hugo Neira. Un libro fascinante, como el itinerario del entrevistado, a través de quien podemos seguir la historia del Perú desde el leguiísmo hasta el fujimorismo. Mucho se puede comentar de este libro, yo quiero llamar la atención sobre la revelancia del testimonio de Bedoya para entender mejor algunos asuntos centrales de la vida política peruana del siglo XX.

Primero, el peculiar camino que siguió el socialcristianismo como doctrina en el Perú. A diferencia de Chile y Venezuela, en donde esta corriente llegó al poder en la década de los años sesenta (y también en Ecuador a finales de siglo) en el ámbito sudamericano, en Perú, pese a su importancia, nunca logró concitar un respaldo suficiente. Bedoya nos habla de los conflictos y tensiones al interior de la Democracia Cristiana, así como de las distancias entre diferentes liderazgos. Queda abierta la pregunta de qué habría pasado en las elecciones de 1969, que habrían enfrentado a Bedoya con Haya de la Torre. Como sabemos, el velasquismo impidió que se concrete ese escenario.

Segundo, el velasquismo. Bedoya retrata desde un testimonio muy cercano a la figura de Velasco el perfil de un movimiento que va definiéndose conforme avanza, moldeado por el escenario de un eventual conflicto con Chile, por los cambios en los intereses de los Estados Unidos en la relación bilateral, y por las difusas preferencias personales de Velasco, antes que resultado de una planificación cuidadosa. Creo que esto plantea revisar un poco algunas imágenes convencionales del velasquismo, tanto por parte de sus apologistas como de sus detractores.

Tercero, detalles muy relevantes sobre la incertidumbre y el papel de los liderazgos en el contexto de la Asamblea Constituyente y de la transición democrática. El papel de Bedoya y del PPC permitió que Haya ocupara la presidencia de la Asamblea Constituyente, en una muestra de lo que podríamos calificar como el ejercicio de una “oposición leal”, mostrado también en la defensa de sus fueros frente a presiones del gobierno militar. Damos por sentado que las cosas estaban destinadas a ocurrir como ocurrieron, cuando el realidad la Constituyente podría haber sido una experiencia fallida.

Cuarto, acaso la década para Bedoya pudo haber sido la de la sesenta; la de los ochenta está marcada por los profundos cambios abiertos por el velasquismo. Al otrora exitoso alcalde de Lima le resultaba difícil sintonizar con el Perú del “desborde popular”, que lo hacía ver acaso más conservador y de derecha de lo que en realidad era. El velasquismo primero, y el fujimorismo después, fueron vendavales que impusieron una política más plebeya, chúcara, alejada de los códigos de caballerosidad, admirables pero crecientemente anacrónicos, en los que se formó Bedoya.

Quinto, después de la derrota en la elección presidencial de 1985, Bedoya muestra una lucidez y un valor que me parece podría haberse destacado en el libro: su papel en la renovación de su partido. Bedoya supo reconcer que sus mejores años habían pasado, y que debía poner su figura a favor de la construccipón de nuevos liderazgos. Producto de ello es la aparición de Lourdes Flores, que como candidata presidencial del PPC logró incluso obtener más votos que el propio Bedoya, y que le permitió a este partido mantener vigencia hasta el nuevo siglo.

Todo esto y más ayuda a entender el respecto y admiración unánimes que despierta hoy “el tucán”. Esperamos leer pronto sus anunciadas memorias.

Los rencores en la política

Artículo publicado en La República, domingo 19 de junio de 2016

Las pasiones se descontrolan durante las campañas electorales, y de pronto resulta que amamos a quien antes nos resultaba indiferente, siendo incapaces de percibir sus limitaciones, y que despreciamos a quien antes solo nos incomodaba, incapaces de reconocerle un mínimo de racionalidad o legitimidad.

Las segundas vueltas de 2006 y 2011 fueron más polarizadas que la que acaba de terminar. Se opusieron visiones de país, modelos de desarrollo, ideologías, que alinearon claramente al conjunto del país según clase social, región, etnicidad. La confrontación fue muy fuerte entre los dos bloques, y hubo bastante coherencia y homogeneidad dentro de cada uno de ellos. Esta vez hemos tenido el choque entre dos bloques relativamente similares entre sí, pero heterogéneos a su interior. Peruanos por el Kambio (PPK) y Fuerza Popular (FP) tuvieron propuestas de política relativamente similares, en todo caso mucho más cercanas que las que opusieron a Humala con K. Fujimori y García. Pero al interior de la votación de PPK y FP hubo muchas diferencias: ambos tuvieron un respaldo importante entre sectores altos, medios y bajos; PPK tuvo un apoyo claro tanto desde la derecha como desde la izquierda, pero también FP tuvo respaldo de sectores de derecha y por primera vez logró “jales” como los de Vladimiro Huároc (además, un sector de la izquierda prefirió la abstención, otro motivo de disputa al interior de esta). Desde un punto de vista regional las diferencias entre bloques y la homogeneidad al interior fueron ciertamente mayores, sin embargo en la segunda vuelta de 2016 el desempeño de los candidatos fue mucho más equilibrado y homogéneo en todo el país que en 2006 y 2011.

Esta elección, en suma, a pesar de ser menos polarizada que las dos anteriores, ha generado más encono y resentimiento, acaso porque ha enfrentado a sectores que, bajo otras circunstancias, habrían estado del mismo lado. Los insultos de quienes están lejos hieren menos que los de quienes consideramos más cercanos.

Los líderes políticos sin embargo, para ser tales, deben ser capaces de controlar sus rencores. Algunos se justifican en principios, pero la dinámica política obliga muchas veces a negociar y pactar con los adversarios más desagradables. En otras, la animosidad no se basa tanto en principios, sino en conflictos coyunturales. No es personal, son solo negocios, como se repite en la trilogía de El Padrino. En la misma saga, Michael Corleone aconseja no odiar a los enemigos.

Kuczynski ha dejado atrás las ofensas no solo por su experiencia y talante democrático, también porque necesita del apoyo de todos para gobernar, dado el tamaño de su bancada parlamentaria. En la otra orilla, ¿es el resentimiento lo que explicaría la conducta de K. Fujimori y FP en los últimos días? Algo de eso hay, sin duda; pero también la necesidad de cohesionar sus filas después de una derrota traumática. Y sobre todo, el imperativo de levantar desde el primer momento un perfil opositor ante un gobierno que, se evalúa, se desgastará muy rápido. Si FP aparece como concesivo o cercano al gobierno, le dejará el liderazgo de la oposición al Frente Amplio, comprometiendo sus posibilidades el 2018 y 2021. Marcar distancia para FP es imprescindible, porque inevitablemente tendrá que votar a favor de algunas iniciativas del gobierno. Se trataría de un posicionamiento ante un escenario posible en 2021, que opondría una “oposición consecuente” a una “oposición responsable”. Así, acaso el resentimiento que creemos ver no sea tanto la expresión de una emoción descontrolada, sino la máscara de una estrategia.

viernes, 24 de junio de 2016

El Perú visto desde las ciencias sociales


Salió publicado recientemente el libro "El Perú visto desde las ciencias sociales" (Alan Fairlie ed. Lima, Fondo Editorial PUCP, 2016), en el que colegas de las especialidades de Antropología, Ciencia Política, Economía y Sociología evaluamos el aporte de la Facultad de Ciencias Sociales de la PUCP a la mejor comprensión del país, a propósito de su 50 aniversario (1964-2014). Hay aquí un trabajo mío, “Una evaluación post-factum de los grandes debates políticos en la Facultad de Ciencias Sociales de la PUCP” (p. 103-126). El resumen de mi texto dice:

"En este texto analizo algunos de los que considero más importantes debates protagonizados por profesores de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú, referidos a la interpretación de los acontecimientos políticos del país en sus cincuenta años de trayectoria. Creo que a la luz de estos debates podemos dar cuenta de los temas considerados prioritarios y de las diferentes maneras de abordarlos en las últimas cinco décadas, que a su vez ilustran algunos de los grandes debates teóricos y políticos que atravesaron a las ciencias sociales en el Perú en general. Con la ventaja que da el paso de los años, ensayamos un balance de esas discusiones, y concluimos que los aportes más significativos estuvieron asociados al lograr un equilibrio entre una ciencia social “comprometida” políticamente y el desafío de construir un conocimiento “científico” de la realidad social y política; así como al dar cuenta del contexto y de las particularidades del Perú, pero dentro de marcos conceptuales más sofisticados y desde una perspectiva comparada".

Los debates que se analizan en el artículo son:

"En este trabajo hemos seleccionado seis temas de controversia política, que recorren la historia de la Facultad de Ciencias Sociales: el primero, el debate sobre la naturaleza del Estado durante el velasquismo (1968-1975); el segundo, el debate sobre el sentido de la democracia al inicio de la década de los años ochenta; el tercero, el debate sobre el papel de los movimientos sociales en el contexto democrático; el cuarto, el debate sobre la anomia; el quinto, el debate sobre la caracterización de Sendero Luminoso; y el sexto, el debate sobre el fujimorismo, la “transición democrática”, y la naturaleza del régimen político actual".

Espero que sea de interés. A continuación, el índice del libro, que se puede conseguir aquí.


Introducción

Especialidad de Antropología

- Trayectorias académicas compartidas: haciendo antropología en la PUCP
Alejandro Diez Hurtado

- Estudios sobre territorio y etnicidad
Gerardo Damonte y Óscar Espinosa 

- Manuel Marzal, SJ. y Fernando Fuenzalida: dos referentes de la antropología de la religión en la PUCP
José Sánchez P.

Especialidad de Ciencia Política y Gobierno

- Una evaluación post-factum de los grandes debates políticos en la Facultad de Ciencias Sociales de la PUCP
Martín Tanaka 

- El Estado bajo la mira de la Facultad de Ciencias Sociales
Eduardo Dargent y Stéphanie Rousseau 

- Los sectores populares y su participación política en el Perú: investigaciones previas y pendientes
Jorge Aragón

Especialidad de Economía

- El Departamento de Economía de la PUCP y sus contribuciones en temas de macroeconomía
Gustavo Ganiko, Patricia Lengua Lafosse y Liu Mendoza

- Contribuciones del Departamento de Economía en temas de desarrollo económico nacional y local, y economía internacional (parte real): 2004-2014
Mario D. Tello 

- Distribución, desigualdad y pobreza
Efraín Gonzales de Olarte 

- Estudios de análisis microeconómico sobre diversos problemas de la economía peruana
Janina León C. 

Especialidad de Sociología

- Lima y las ciudades latinoamericanas. Tendencias de cambio y (muchas) preguntas pendientes
Omar Pereyra

- Los enfoques sobre la discriminación racial, étnica y social en las ciencias sociales peruanas: el debate continúa
Martín Santos

jueves, 16 de junio de 2016

2018, julio

Artículo publicado en La República, domingo 12 de junio de 2016

¿Cómo se verán las cosas el 28 de julio de 2018, al empezar el tercer año de gobierno, cuando los grupos políticos tengan en mente a las elecciones regionales y municipales de octubre de ese año? Recordemos que Toledo, García y Humala empezaron sus gobiernos con aprobaciones superiores al 55 – 60%, y al iniciar el tercer año habían ya caído a un 30% Humala, 25% García y a un 10% Toledo. Además, Toledo inició su presidencia con 46 congresistas, y al inicio del tercer año, solo contaba con 40 (terminó con 34); Humala empezó con 47, al inicio del tercer año tenía solo 35, y terminará con 28 (el APRA sí empezó y terminó con 36 miembros durante su segundo gobierno).

El perfil tecnocrático del presidente electo y de sus colaboradores más cercanos anuncia el desafío de tener un buen manejo político, especialmente en la relación con la oposición parlamentaria fujimorista y con la oposición en las calles de las regiones y de la izquierda. En un contexto económico y político más complicado, está el riesgo de un desgaste rápido, de la pulverización de una bancada pequeña, y de la desaparición electoral prematura del partido PPK en 2018. Recordemos que Perú Posible presentó candidatos a las elecciones regionales de 2002 y 2006, pero obtuvo apenas el 13.5 y luego el ¡1.6!% de los votos totales, respectivamente, y solo un triunfo, en el Callao en 2002. El APRA presentó candidatos en las elecciones de 2010, obtuvo el 9.5% de los votos totales, y solo un triunfo, en La Libertad. Y el Partido Nacionalista ni siquiera presentó candidatos a las últimas elecciones regionales. En las tres ocasiones, la debacle regional fue el anticipo del desastre electoral de Perú Posible en 2006, del APRA en 2011, y del Partido Nacionalista en 2016.

Por ahora, los actores están presionados a mostrarse, desde la oposición, colaboradores y constructivos, y desde el gobierno, audaces y decididos. Pero muy rápidamente, el previsible desgaste del gobierno y el horizonte de las elecciones de 2018 empujarán al gobierno a ser más concesivo y concertador, y a la oposición a marcar distancias con este. El Frente Amplio se juega en 2018 la credibilidad que necesita para el 2021, y el fujimorismo necesitará demostrar que sigue siendo una opción vigente, a pesar de sus dos derrotas presidenciales sucesivas. El juego es más fácil para el primero, que puede asumir un papel opositor más neto, mientras que el segundo está obligado, desde su mayoría parlamentaria, también a sostener al gobierno (sin sus votos no sobrevive). Seguramente recordaremos la figura del Consejo de Ministros de Pedro Cateriano como una ilustración de esta situación. Y tanto el Frente Amplio como el fujimorismo intentarán no ser rebazados como parte del sistema desde fuera del parlamento, por grupos como el de Julio Guzmán, por ejemplo.

Para el gobierno, entonces, es clave mantener margen de juego, para lo cual necesitan habilidades políticas, no solo tecnocráticas; para la oposición, prepararse para el 2018, trampolín para el 2021. Un comentario breve sobre el fujimorismo: deberá no solo sostener al gobierno y ejercer un control opositor. Está obligado además a poner su mayoría al servicio de la implementación de reformas importantes. Un excelente referente: la ley universitaria y la de institutos superiores impulsadas por Daniel Mora, iniciativas que provienen claramente de un liderazgo parlamentario, no del poder ejecutivo. Mejor si se comprometen con inicitivas encaminadas a reformar el Estado y las instituciones democráticas. Sería bueno para el país y para sus esfuerzos de “conversión democrática”.

sábado, 11 de junio de 2016

Muhammad Alí, 1942-2016




Por si no lo vieron, comparto este video. Antes he contado un poco de cómo Alí fué uno de los ídolos de mi infancia, ver aquí. Con los años descubrí la verdadera magnitud del tamaño de ese hombre, en tantas dimensiones. El discurso de Crystal es impecable.

Sin Pauta Electoral: ¿Por qué perdió Keiko Fujimori?


Comparto con todos esta conversación reciente con Rosa María Palacios, que creo resultó entretenida. Saludos.

viernes, 10 de junio de 2016

Al filo de la navaja


Recibí un atinado comentario de Guillermo Rochabrún, que comparto con mucho gusto en el blog.

Guillermo Rochabrún

¿Cuánto es 41,133 votos (la cifra aproximada de electores que separó a PPK de KF)? Es el 0.24 de 17’132,987 votos válidos. ¿La captas? Muy difícil, porque son cifras muy abstractas para lo que acostumbramos manejar e imaginar. Coloquémoslas pues a una escala manejable. Veamos: si ese 0.24 fuese una persona, el resultado sería como si entre 417 electores 208 hubiesen votado por el perdedor, y 209 por el ganador. ¿Te das cuenta ahora?

Seguramente hemos estado en elecciones con 50, 120, 200 y más electores. ¿Cuántas de esas elecciones se han definido por uno, dos o cinco votos? En el modelo que estamos colocando, es por 1 entre 417! Es verdaderamente un resultado al filo de la navaja. Piénsese que con el 20% de electores omisos esos 40,000 votos hubieran podido cubrirse más de 100 veces; o 25 veces con los votos nulos.

Más aún, este resultado se obtiene cuando tras la primera vuelta KF ya tenía hecha el 80% de su tarea, mientras que PPK estaba en 40%. O en cifras más dramáticas: mientras que KF tenía que mejorar en un 25% sobre lo que ya había logrado, PPK tenía que hacerlo en 250%: convertir su 20% en 50% más 1.

Y lo que parecía imposible ocurrió. ¿Por qué? Lo más risible de todo este sainete es que en lo menor fue por méritos de PPK, ni personales ni organizativos. Fue por una conjunción donde hubo una sinergia “perversa” entre lo peor del fujimorismo, que salió a relucir en las últimas semanas, y las dispersas pero convencidas fuerzas que se movilizaron contra KF. No fueron voces a favor de él, sino en contra de ella.

Pero considerando el proceso desde la primera vuelta PPK le debe haber llegado a la Presidencia, en primer lugar al JNE, al eliminar a Julio Guzmán de la contienda; y luego a fuerzas mayormente de izquierda que condujeron la campaña “no a Keiko”. A ello se sumaron importantes medios masivos y hasta voceros del mundo empresarial, escandalizados con Chlimper. A estas alturas PPK todavía debe estarse preguntando cómo ha llegado a donde ahora está.

Bueno, así estamos en política…

Lima, 6/junio/2016, 11:55pm